¡BUÑUEL: EL MÁS GRANDE!

¿Son conscientes asiáticos y aragoneses, españoles y zaragozanos, musulmanes y americanos, budistas y australianos, africanos y alcorisanos, de la transcendencia de la obra de Luis Buñuel en el Séptimo Arte? ¡Puede que no! Para saber de quién estamos hablando, Buñuel es al mundo del cine, lo que Goya es al mundo de la pintura y lo que Cervantes es al mundo de la escritura. Nunca dudé de que nuestro calandino cósmico, siempre debería haber figurado en todas las apuestas, en todas las clasificaciones, aunque vinieran de la galaxia de Andrómeda, para acabar obteniendo las mejores calificaciones, para acabar destacando entre los diez mejores directores de la historia del cine, desde su creación allá por el siglo XIX, por aquel 1895: cuando los Hermanos Lumière; cuando acabaron comprando la patente del cinematógrafo a LéonBouly.

¡Y voy pensando en grandes directores…! En John Ford, en “Las uvas de la ira” y en “Centauros del desierto”; en Stanley Kubrick, en “2001 una odisea del espacio” y en “La naranja mecánica”; en Hitchkock , “Psicosis” y ” La ventana indiscreta”; en Milos Forman, “Hair” y “Alguien voló sobre el nido del cuco”; en Frank Capra, “Juan Nadie” y “¡Qué bello es vivir!”; en John Houston, “El tesoro de Sierra Madre” y “La reina de África”; en Howard Hawks, “Los caballeros las prefieren rubias” y “Río rojo”; en Fellini, “Amacord” y “La dolce vita”; en Woody Allen, “Manhattan” y “Annie Hall”; en Ingmar Bergman, “El séptimo sello” y “Fresas salvajes”; en OrsonWelles, “Campanadas a medianoche” y “Ciudadano Kane”; en Billy Wilder, “Primera página” y “El apartamento”; en Martin Scorsese, “Toro salvaje” y “El lobo de Wall Street”; en Robert Zemeckis, “Regreso al futuro” y “ForrestGump”; en los Hermanos Coen, en “Fargo” y en “Oh brother!”; en TerrenceMalick, “Malas tierras” y “Días del cielo”; en Eisenstein y “El acorazado Potemkin”; en AkiraKusosawa y DersuUzala; en NagishaOshima y “El imperio de los sentidos”; en Pasolini y “El Decamerón”; en Tarantino y “Pulpfiction”; en Coppola y “El padrino”; en Sam Peckinpah y “Grupo Salvaje”; en Polanski y “El piano”; en Fred Zinnemann y “Solo ante el peligro”; en Ridley Scott y “BladeRunner”; en Sergio Leone y “Erase una vez en América”; en Elia Kazan y “Al este del Edén”; en NicholarRay y “Rebelde sin causa”; en VincenteMinneli y “Un americano en París”; en Michael Curtiz y “Casablanca”; en George Cukor y “MyFair Lady”; en Ernst Lubitsch y “Ser o no ser”; en Bob Fosse y “Cabaret”; en George Stevens y “Gigante”; en King Vidor y “Duelo al sol”.

Y si me centro en los realizadores españoles, voy a empezar a encumbrar, al segundo que más lo puede merecer. Carlos Saura es el autor de “La caza”, “El Dorado”, “Ay, Carmela”, “Cría cuervos”, “Carmen”, “Ana y los lobos”, “La prima Angélica”, “Elisa, vida mía”, “Deprisa, deprisa”, “Mamá cumple cien años”, “PeppermintFrappé”. Por debajo, Luis Berlanga, “Placido” y “El verdugo”; Alejandro Amenábar “Tesis” y “Los otros”; Pedro Almodóvar, “Volver” y “Hable con ella”; Víctor Erice, “El sol del membrillo” y “El espíritu de la colmena”; Bigas Luna, “La camarera del Titanic” y “Jamón, jamón”; José Luis Garci y “Volver a empezar”; Pilar Miró y “El crimen de cuenca”; Juan Antonio Bardem y “Muerte de un ciclista”; Antonio Isasi-Isasmendi y “El perro”; Mario Camus y “Los santos inocentes”; Alex de la Iglesia y “El día de la bestia”; Fernando Trueba y “Belle Époque”; Vicente Aranda y “Amantes”; Eloy de la Iglesia y “El pico”; Juan Antonio Bayona y “Un monstruo viene a verme”; Fernando Fernán Gómez y “El viaje a ninguna parte”; Edgar Neville y “El último caballo”; Julio Medem y “Los amantes del Círculo Polar”; David Trueba y “Vivir es fácil con los ojos cerrados”; Jaime de Armiñán y “Mi querida señorita”; José Luis Borau y “Furtivos”.

Voy reparando en otros, recordando y dejando de nombrar, eliminando y descartando por doquier, a siniestra y a diestra, por cuarteados tiempos, por movedizas tierras, hasta que voy a dar con los dos grandes rivales de Luis Buñuel Portolés: Charles Chaplin sería el uno; Steven Spielberg, el otro.

Comparar a Buñuel con el creador de Charlot no es algo caprichoso. Chaplin es el icono más venerado del cine; es la figura más reproducida en más medios, durante más tiempo. Es imperecedero. Él y Marilyn Monroe son las almas más representadas del celuloide. Ambos son los que presiden mayor número de paredes, los que siguen mirándonos sin parar en tantos posters. Chaplin es el más famoso por hacer reír y llorar a la vez. Único, al compaginar la tarea de director con la de actor, con la de compositor, con la de guionista, con la de productor. Además de los cortometrajes, nos ha legado una decena de largometrajes, como “Luces de la ciudad”, “El circo”, “Tiempos modernos”, “La quimera de oro” y “El gran dictador”, que fue su gran obra maestra. Ahí se desvelaron del todo sus ideas contrarias al nazismo alemán y al fascismo italiano. Sin embargo, sus últimos trabajos no estuvieron a la altura de los anteriores, como “La condesa descalza”, como “Un rey en Nueva York”. Fuera de papeles con el bombín y el bastón, ya no se sentía tan a gusto. Ni siquiera encarnando a Calvero, en su nostálgica “Candilejas”, rozó la apoteosis de aquellas décadas gloriosas, girando en torno a los años veinte. Charlot y su sonrisa languidecían. A medida que envejecía su cuerpo, se alejaba su “vagabundo”, acentuándose el declive del londinense. Su amigo BusterKeaton, ya no había podido adaptarse al sonoro. Charles Spencer Chaplin, nacido en 1889, a partir de los cincuenta y tantos años, había empezado a decaer, aunque rebrotara en 1947, al estrenar ”Monsieur Verdoux”. Fue perdiendo glamour: quizás debido a su alejamiento político de los Estados Unidos, quizás a la añoranza por los grandes momentos de su vida.

Pensemos ahora en Steven Spielberg. ¿Están sus obras del siglo XXI a la altura de las del siglo XX? ¡No! La frescura de su primera película “El diablo sobre ruedas”, la conmoción de “Tiburón”, su monstruoso “ET”, su primer Indiana Jones, su “Color púrpura”, su “Imperio del sol”, su “Parque jurásico”, su “Soldado Ryan” y su obra maestra “La Lista de Schindler”, superan las realizaciones de este milenio. Ello, a pesar de “Warhorse”, donde renace aquel afán por cautivar, a la vez, a niños y mayores, y donde parece recuperar el espíritu de sus primeras películas, dando protagonismo a un caballo. Sin embargo, “Munich”, “Atrápame si puedes”, “La terminal”, “La guerra de los mundos”, “El puente de los espías”, “Los archivos del Pentágono” ya no son tan sublimes. “Lincoln” es soporífera. Podríamos afirmar que el Rey Midas de Hollywood se ha vuelto un poco más aburrido, que ha perdido la magia del milenio pasado. Ello a pesar de embarcarse en otros proyectos como productor, y de seguir recibiendo nominaciones y premios. Fue también por los cincuenta y tantos años, cuando a Spielberg, nacido en 1946, se le notaría una cierta pérdida de su genialidad, allá por 1998, tras “Salvar al soldado Ryan” y salvando a “Minorityreport”, de 2002.

Podríamos concluir pues, que ambos, Chaplin y Spielberg, antes de convertirse en sesentones, empezaron a perder su embrujo. Con Luis Buñuel todo es diferente ¡Nada que ver! Sorprendió hacia la treintena de años con “Un perro andaluz” y su incisión del globo ocular hasta derramar humores, mostrando todo su genio en 1930, con “La edad de oro”. Fue dos años antes del documental “Las Hurdes, tierra sin pan”, censurada por el gobierno de la Segunda República Española. El parón de Luis Buñuel, duraría unos quince años, viviendo exiliado en EE.UU. hasta que se trasladó a los Estados Unidos Mexicanos en 1946, para rodar “Gran Casino”, con Jorge Negrete y la gran diva argentina Libertad Lamarque, continuando con “El gran calavera” en 1949, justo un año antes de brindarnos, ya en 1950, con cincuenta años, su cuarta obra maestra, toda una catedral del cine: “Los olvidados”. Fue la segunda película inscrita en el Registro de la Memoria del Mundo por la UNESCO, en 2003, tras “Metrópolis” de Fritz Lang.

Nadie como Buñuel, para tener la sensación de que además de disfrutar de una película, se contempla toda una galería de arte. Con cada toma se retuercen las ideas, porque de cada encuadre, de cada diálogo, de cada gesto, de cada mirada, emanan variopintos enfoques, donde lo “daliniano” es un elemento más, ubicado en el Parque Temático “Buñuelesco”. El análisis de la mayoría de sus trabajos, comportaría un pausado visionado, para la interpretación de lo visto y lo oído con cada plano, como si fueran rimas de “lorquianas” poesías, sin que por ello se perdiera la trenza del argumento. Y es que Buñuel dominaba como nadie la técnica cinematográfica.

No ha habido ninguno que haga meditar tanto con esos rollos de algodón pólvora. Tanto en la sencillez de la cosas, como en su complejidad; tanto en Dios, como en el ateísmo, como en la religión, como en las costumbres, como en el sexo y sus parafilias; ni nadie ha habido, ni nadie habrá, que se haya atrevido a criticar a todos, especialmente a la burguesía y al clero, comprometiendo a los pobres y al pueblo en general, aunque siempre incidiendo en la denuncia social, sin parar de lanzar mensajes frente a los abusos del poder. Defiende a los que sufren la injusticia de los dirigentes, si bien no oculta la maldad de hombres y mujeres, sean ricos, sean pobres. Analizar su obra, entrañaría mucha cautela, fotograma a fotograma, de tanta complejidad que emana.
Lo increíble es que, de los cincuenta y tantos años hasta los 77, no dejara de deslumbrarnos con obras maestras. Me recuerda a Los Beatles, cuando cada álbum era una nueva maravilla. Su obra mejicana es transcendental, empezando por “Los olvidados”, siguiendo por las películas de dos títulos: Susana/Demonio y carne”, “La hija del engaño/Don Quintín el amargao”, “Ensayo de un crimen/ La vida criminal de Archivaldo de la Cruz”, “La fiebre sube al Pao/Los ambiciosos”. Y continuando con “Una mujer sin amor” y “Subida al cielo” en 1951; con “El Bruto”, “Robinson Crusoe” y “El”, en 1952 las tres; con “Abismos de pasión” y “La ilusión viaja en tranvía” al año siguiente; con “El río y la muerte” en 1954; con “Así es la aurora” en 1955”, donde se presenta cautivadora, Lucía Bosé; con “La muerte en este jardín” en el 56, donde se impone SimonSignoret, la primera actriz francesa en recibir un óscar, tres años después.

Las dos producciones americanas son una esmeralda y un diamante. La una Robinson Crusoe, por la que Daniel O´Herlihy es nominado al Oscar, superando este náufrago “buñueliano” en variopintos matices al literario. ¡Y es que Buñuel mejoraba las ideas de los libros! La otra, “La joven”, dejó perplejos y desconcertados a los americanos de todas condiciones, al no salir bien parados de la película los hijos del Tío Sam, fueran blancos o negros, fueran sacerdotes, fueran jóvenes o viejos. Ni siquiera la misma adolescente, quien, medio forzada, deja en entredicho los límites de la inocencia. La bondad y la maldad no dejan de fornicar, retorciendo las escenas. No gustó a casi nadie, ¡Buena señal! Bernie Hamilton, el policía negro de la serie “Starsky y Hutch”, sufría las iras racistas. El gran final de Don Luis, dejó a todo el mundo descolocado. Entre el blanco y el negro de las situaciones, campaba un cárdeno mundo multicolor de grises claros y grises obscuros. Casi nada era lo que parecía.

Tenía Buñuel sesenta años y aún le faltaba por realizar un tercer lote de obras. Fue en su segunda etapa francesa. Fueron largometrajes que uno tras otro, iban engrandeciendo hasta lo inconcebible a Buñuel. No era fácil adaptar a un merecedor de Nobel como Benito Pérez Galdós. Sin embargo Buñuel, lo engrandece con nuevos enfoques, como el de la adaptación de “Halma”, como el de “Nazarín”, como el de “Tristana”, aumentando la cotización de cada imagen a las diez mil palabras.

Hay que matizar que Luis Buñuel contaba con 61 años cuando dirigió Viridiana: Palma de Oro en el Festival de Cannes; contaba con 62 años cuando dirigió “El ángel exterminador; contaba 64 cuando presentó “Diario de una camarera”; con 65 cuando “Simón del desierto”; con 66 cuando lo hizo con “Belle de Jour”; con 69 cuando realizó “La Vía Láctea”: imprescindible para los amantes del Camino de Santiago; con 70 años cuando dirigió “Tristana”. Contaba 72 años cuando recibió el óscar por “El discreto encanto de la burguesía”; con 74 años cuando se embarcó en “El fantasma de la libertad”; y contaba con setenta y siete años cuando se despidió con honores, regalando a la orbe “Ese obscuro objeto del deseo”, donde se permitió la osadía de utilizar a Ángela Molina y a Carol Bouquet, para interpretar un mismo papel, alternándolas a su capricho en las distintas escenas, y sin cambiarles la edad. Esta obra fue candidata al óscar al mejor guión adaptado, y a la mejor película de habla no inglesa, además de al Globo de Oro, considerándose la mejor venida de fuera, por parte de la Asociación de Críticos de los Ángeles. Fue una sucesión continua de obras maestras.

Son muchos los escritores y directores que hacia los setecientos veinte meses, al igual que al resto de los humanos, les van fallando las buenas y las malas ideas. A Don Luis, le seguían bullendo, siendo tan dinámico su vapor neuronal a los setenta y tantos años, como a los treinta”. Nadie ha sido capaz, en todo el devenir del cine, de alcanzar semejante poderío. Las obras de la mayor parte de los directores se aspean con las arrugas. No ocurre así con la de Luis Buñuel. Todo es llamativo en sus cintas, fueran rodadas en México, en España o en Francia.

Sorprenden en la “Edad de oro”, el documental inicial de lucha entre escorpiones, la felación al pulgar plantar de una estatua, el lanzamiento de un obispo por una ventana y doscientas veintidós cosas más. En “El fantasma de la libertad” se conversa alrededor de la mesa, en la rutinaria hora de practicar las necesidades más desfondadas, utilizándose las tazas de inodoro no solo para sentarse, sino para engullir lo que va facilitando la majestuosa gravedad. Todos dialogan, mientras van librando de inmundicias y caldos sus cuerpos. Sin embargo, el acto de comer, requería apartarse para encerrarse en la intimidad. Debería ser pues, tan vergonzoso comer como descomer, pues al fin y al cabo cuando algo se traga, algo se cuela por un orificio, para acabar saliendo, ya embutido, por otro. Por esta obra, aquel año, recibió el Premio del Sindicato Nacional de Críticos Cinematográficos al director del mejor film extranjero.

En ”La Vía Láctea”, dos peregrinos emprenden el Camino de Santiago, encontrándose con la Santísima Trinidad, donde un enano encarna al Hijo, si bien en la obra, Jesús va apareciendo en toda su inocencia. El final del camino, interrumpido por una alternativa sexual, ya no va a terminar en la catedral. Recibió el premio Interfilm en el Festival de Berlín. En “Viridiana”, Lola Gaos fotografía una representación de “La Última Cena”, levantándose las faldas como si éstas se comportaran como el obturador de una cámara. En “Nazarín”, el Padre Nazario se cuestiona la caridad; en Tristana una prótesis y el muñón de la pierna se convierten en fetiches. Se le concedió el Premio Internacional del Festival de Cine de Cannes a la mejor película. “Abismos de pasión” es la mejor adaptación habida de “Cumbres borrascosas”, la que fuera protagonizada por Laurence Olivier, superando a la de William Wyler, el director de “Ben-Hur”. Con “Belle de jour”, galardonada con el “León de Oro de la Mostra de Venecia, se siente uno seducido por el mundo de la prostitución. “Diario de una camarera” recibió el Premio de la crítica suiza. En 1952, “Subida al cielo”, obtuvo en París el Gran Premio de la Crítica al mejor film de vanguardia. En “El bruto”, con Katy Jurado y Pedro Armendáriz, el deseo y el amor se confunden sin parar.

Me he repasado en un par de meses buena parte de sus 32 filmes. Aún tengo que ver por vez primera “Gran Casino” y “Las Hurdes, tierra sin pan”. ¡No importa! Aunque hubiera rodado otras tantas películas, seguiría siendo Luis Buñuel igual de grande. Y lo curioso es que, a pesar de tanta complejidad, sus películas gozan de todo sentido, de toda coherencia, siendo comprensibles. Hay tanto para filosofar y para meditar en las distintas escenas, que habría que ir deteniendo la película sin parar.

Aclarar que su obra está por encima de los premios, situándose fuera de la atmósfera; que su complejidad ridiculiza a cualquier crítica, sea buena, se mala. Los premios que ha recibido, en cierto modo lo rebajan… ¡Deberían haber sido repartidos entre los demás!
En fin, no me cansaría de ensalzar, al que fuera nombrado en 1980 Doctor Honoris Causa por la Universidad de Harward; y al que pernoctó con alguno de sus amores en la Posada Montaña de Alcorisa. ¡Quizás fuera Concha Méndez! Recordar que YokoOno, la viuda de John Lennon, siempre al tanto de cualquier evento vanguardista, no dudó en acudir a la inauguración, allá por el año 2000, del Centro Buñuel Calanda.

La CinémathéqueRoyale de Belgique, lo ha erigido como el director supremo, al ser el único cineasta que ha colocado tres películas en las 20 mejores de todos los tiempos. Precisamente las tres primeras. ¡Toda una monstruosidad de la imaginación! Su obra es la mayor densidad de arte encontrada por minuto cuadrado.

Ser apasionado del cine sin conocer la filmografía de Luis Buñuel, es como ser apasionado de la música y desconocedor de las composiciones de McCartney, de Lennon, y de Dylan. Mejor aún, es como ser cristiano y no haber visto a Dios; es como se ateo y no conocer al diablo. ¡Buñuel es un compendio de directores, es la Biblia del Cine!

Pedro Juan Nuez García